jueves, 15 de enero de 2009

INVOCACIONES

Insiste en tu abrazo,
redobla tu furia,
crea un espacio de injurias
entre yo y el espejo,
crea un canto de leprosa
entre yo y la que me creo.

(Alejandra Pizarnik)

miércoles, 14 de enero de 2009

martes, 13 de enero de 2009

¿PARA QUÉ SIRVE EL PROGRESO?

¿PARA QUÉ SIRVE EL PROGRESO?


Me tienen ya seco con la cuestión del progreso. Cuanto papanata encuentro por ahí, en cuanto comienzo a re¬zongar de que la vida es imposible en esta ciudad, me contesta:
-Es que usted no se da cuenta de que progresamos. Y acto seguido me endilga un discurso sobre el Pro¬greso y la Civilización, que hubiera estado muy bien en tiempos de Juan Jacobo Rousseau, pero que hoy no convence a nadie. Y si no, ustedes verán.




CALIDAD DE PROGRESO


La gente se deja embaucar con una serie de términos que en realidad no tienen valor alguno. Estos términos hacen la carrera, se convierten en monedas de uso popu¬lar y cualquier otario, ante un caso serio, se considera con derecho a aplicarlos a situaciones que no se resuel¬ven con el uso de un vocablo.
Y es que llega un momento en que las palabras asu¬men el carácter de moda; no interpretan un sentir sino un estado colectivo, quiero decir, un estado de estupi¬dez colectiva.
Veamos esta palabrita Progreso.
De veinte años a esta parte hemos progresado bestial¬mente. En todos los órdenes. Antes, para vivir, una familia no necesitaba de alto jornal. Una casita de tres o cuatro piezas se alquilaba en cuarenta pesos; una pieza en doce y quince pesos; pero la mayoría de los habitantes de esta bendita ciudad vivían en casas hol¬gadas, con fondo, jardín y parra.
El progreso ha hecho que por esa misma pieza, que pagábamos quince pesos, paguemos hoy cuarenta o cin¬cuenta pesos; que la casa sea sustituida por el depar¬tamento, y que el departamento sea un rincón oscuro, con una superficie inferior a la de un pañuelo y don¬de para decir una mala palabra sea necesario encender la luz eléctrica, porque si no, la palabra no se ve. Hemos progresado.
Antes, una mediana familia tenía quinta con árboles, donde los chicos pudieran embarrarse a gusto, criarse sanos a más no poder. Hoy para los nuevos chicos te¬nemos un patiecito húmedo y oscuro, donde las ven¬toleras tienen tantas direcciones que lo menos que se pesca una criatura en un descuido es una "bronca" neu¬monía. Hemos progresado.


ARTÍCULOS DE CONSUMO


El pan era sabroso y el vino puro. Llegaba fin de año y el último bolichero le mandaba un canastón cargado de aguinaldos. El panadero ídem. Cierto es que no te¬níamos ómnibus que despachurraban criaturas por las calles, ni subterráneos, ni automóviles brillantes como espejos. El tren de vapor era un medio de traslación formidable, y el coche un lujo. Los días eran tranquilos. Flores era un barrio de quintas, Palermo ídem, Bel¬grano igual, Caballito también, Vélez Sársfield idéntica¬mente. Quintas, cercos, bardales, madreselvas, glicinas, el aire de los crepúsculos estaba tan embalsamado de flores en el verano, que la ciudad parecía un pequeño injerto en la perfección de los campos subdivididos. No había prisa en el vivir. El fonógrafo era un meca¬nismo insuperable; la radio no se concebía, el teléfono era propiedad de pocos felices, y más que medio de pro¬greso, un lujo. Ud. ciego y sordo podía cruzar tranqui¬lamente las calles, pero la tela de un traje era irrompi¬ble, los botines se hacían de cuero y no de cartón, el aceite de oliva no era de lino sino de olivas y el único que se gastaba, los carniceros no sabían dónde tirar el bofe y el hígado; la neurastenia era un mal descono¬cido, la tuberculosis, ¡hablar de la tuberculosis en aque¬llos tiempos daba más temor que hoy nombrar la lepra a la que nos hemos acostumbrado) y ciertas enfermeda¬des, que no se pueden nombrar, deshonraban a una fa¬milia como el hecho de tener un hijo ladrón o asesino.




HEMOS PROGRESADO


Hoy no. Hemos progresado. No hay zanahoria que no esté dispuesto a demostrárselo. Hemos progresado. Es maravilloso. Nos levantamos a la mañana, nos me¬temos en un coche que corre en un subterráneo; salimos, después de viajar entre luz eléctrica; respiramos dos mi¬nutos el aire de la calle en la superficie, nos metemos en un subsuelo o en una oficina a trabajar con luz ar¬tificial. A mediodía salimos, prensados, entre luces eléc¬tricas, comemos con menos tiempo que un soldado en época de maniobras, nos enfundamos nuevamente en un subterráneo, entramos a la oficina a trabajar con la luz artificial, salimos y es de noche, viajamos entre luz eléc¬trica, entramos a un departamento, o a la pieza de un departamentito a respirar aire cúbicamente calculado por un arquitecto, respiramos a medida, dormimos con metro, nos despertamos automáticamente; cada tres me¬ses compramos un par de botines de cartón cuero; cada seis meses renovamos un traje; cada año nos deterio¬ramos más el estómago, los nervios, el cerebro, y a esto ¡a esto los cien mil zanahorias le llaman progresol ¡Digan ustedes si no es cosa de poner una guillotina en cada esquina!


¿PARA QUÉ?


Puede usted decirme, querido señor, ¿para qué sirve este maldito progreso? Sea sincero. ¿Para qué le sirve este progreso a usted, a su mujer y a sus hijos? ¿Para qué le sirve a la sociedad? ¿El teléfono lo hace más feliz, un aeroplano de quinientos caballos más moral, una locomotora eléctrica más perfecto, un subterráneo más humano? Si los objetos nombrados no le dan a usted salud, perfección interior, todo ese progreso no vale un pito, ¿me entiende? Los antiguos creían que la ciencia podía hacer feliz al hombre. ¡Qué curioso! Nosotros tenemos, con la ciencia en nuestras manos, que admitir lo siguiente: lo que hace feliz al hombre es la ignorancia. El resto, es música celestial...

(Roberto Arlt, Nuevas Aguafuertes)

martes, 6 de enero de 2009

TANTAN YO

Con mi yo
y mil un yo y un yo
con mi yo en mí
yo mínimo
larva llama lacra ávida
alga de algo
mi yo antropoco solo
y mi yo tumbo a tumbo canto rodado en sangre
yo abismillo
yo dédalo
posyo del mico ancestro semirefluido en vilo ya lívido de

líbido
yo tantan yo
panyo
yo ralo
yo voz mito
pulpo yo en mudo nudo de saca y pon gozón en don más don

tras don
yo vamp
yo maramante
apenas yo ya otro
poetudo yo tan buzo
tras voces niñas cálidas de tersos tensos hímenes
yo gong
gong yo sin son
un tanto yo San caries con sombra can viandante
vidente no vidente de semiausentes yoes y coyoes
no médium
nada yogui
con que me iré gas graso
sin mí ni yo al después
sin bis
y sin después

(Oliverio Girondo, En la masmédula, 1954)

viernes, 2 de enero de 2009

ARCO VOLTAICO

La luz
al salir de su cabeza
No se expande en líneas rectas

Fuera del círculo blanco
Ocurren dramas lamentables

NO VEO
LA CIUDAD
EN
QUE
ESTAMOS
Varios gritos de ahogan
en el mar espeso
Y todas las embarcaciones
regresaban
Los rayos de luz
que caen
Han acribillado el suelo

(Vicente Huidobro)

WAR IS OVER

TE AMO

La figura no remite a la declaración de amor, a la confesión, sino a la proferición repetida del grito de amor.

Pasada la primera declaración de amor, "te amo" no quiere decir nada; no hace sino retomar de una manera enigmática, hasta tal punto parece vacía, el viejo mensaje (que tal vez no ha pasado por esas palabra). Lo repito fuera de toda pertinencia; sale del lenguaje, divaga, ¿dónde? No podría descomponer la expresión sin reír. ¡Cómo! Estaría "yo" de un lado, "tú" del otro, y en el medio un nexo de afecto razonable (por léxico). ¿Quién no siente cómo semejante descomposición, a pesar de conformarse a la teoría lingüística, desfiguraría lo que es arrojado afuera de un solo movimiento? Amar no existe en infinitivo (salvo por artificio metalingüístico): el sujeto y el objeto llegan a la palabra en el mismo momento en que proferida, y je-t-aime debe entenderse a la húngara, por ejemplo, en que se dice con una sola palabra, szeretlek, como si el francés, renegando de su bella virtud analítica, fuera una lengua aglutinante (y precisamente es de aglutinación de lo que se trata) A ese bloque, la menor alteración sintáctica lo hunde; está por así decir fuera de la sintaxis y no se presta a ninguna transformación estructural; no equivale en nada a sus sustitutos, cuya combinación podría no obstante producir el mismo sentido; puedo decir durante día enteros te-amo sin poder quizá jamás pasar a "lo amo": me resisto a hacer pasar al otro por una sintaxis, por una predicación, por un lenguaje (la única asunción del te-amo es la de apostrofar, la de darle la expansión de un nombre propio Ariadna, te amo, dice Dionisos).
Te-amor carece de empleos. Esta palabra, como la de un niño, no está aprisionada por ninguna restricción social; puede ser una expresión sublime, solemne, ligera, o bien erótica, pornográfica. Es una expresión socialmente móvil.
Te-amo carace de matices. Suprime las explicaciones, los acondicionamientos, las gradaciones, los escrúpulos. En cierta manera-paradoja exorbitante del lenguaje- decir te-amo es hacer como si no hubiese ningún teatro de la palabra, y esa expresión es siempre verdadera (no hay otro referente que su proferición: es un performativo).
Te-amo carece de otro-lugar. Es la palabra de la díada (maternal, amorosa); en ella, ninguna distancia, ninguna deformidad llega a hender el signo; no es metáfora de nada.
Te-amo no es una frase: no transmite un sentido sino que se aferra a una situación límite; "aquellas en que el sujeto está suspendido en una relación especular con el otro". Es una holofrase.
(Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso)